¿Por qué escribo? Porque lo necesito.

Assumpta Serna

Toda mi vida he escrito. De niña, para mí. Tenía un cuaderno que se llamaba “Panza gorda”. Allí apuntaba palabras que no entendía, como parto, pene, follar, coito, la regla, la menopausia, la desviación sexual, palabras que oía detrás de puertas cerradas en conversaciones de mis padres y amigos de mi hermana mayor. Mi mejor amigo: el diccionario gordo de Sopena que robaba de la estantería por las noches.

 

Pero crecí un día, de pronto. Cuando mi madre me llamó a su habitación y vi el cuaderno en sus manos. Viví como una traición imperdonable y con una vergüenza e impotencia indescifrables esa violación de mis pensamientos más íntimos. Delante de la foto de su boda, mi madre me contó la historia romántica de donde venían los niños. Yo lloraba y lloraba porque lo que me contaba era todo mentira. Paré de escribir unos años. Me habían hecho daño. Ese cuaderno era sólo para mi.

 

De adolescente, en los 80, escribía para que el otro, él, ella, alguien, me leyera y comprendiera mi estado, mi decisión, mi propósito. Escribía por las noches, cuando el otro estaba durmiendo a mi lado. Cada encuentro valía una carta, allí escribía llorando, notas que dejaba antes de irme, bajo la almohada…  Normalmente eran cartas de amor, de venganza, de impotencia, de rabia, de nostalgia, de despedida. Necesitaba entenderme y que me entendieran.

 

Después el ordenador sustituyó al cuaderno. Y escribí páginas y páginas sobre cada personaje, diarios enteros, como el que le regalé a Carlos Saura. Cada aventura amorosa, cada reacción violenta inexplicable en los rodajes, cada palabra no dicha, la escribía. Hace ya unos diez años pegué esas hojas de la carpeta roja y salió una biografía que aún hoy no me atrevo a publicar, se llama Making of, Making love.

 

En la Patagonia, decidí pararme. Un año sabático donde no hice nada.  Cambié la actividad frenética de lo que parecía una vida de estrella por un parón absoluto donde yo no me reconocía. Y la escritura me volvió a servir para entender el huracán. Me dirigí honradamente hacia lo que era y siempre había querido ser: actriz.  Y publicó Cátedra mi primer libro: El trabajo del actor de cine. Y mi primer libro de monólogos en el 2000, Monólogos en V.O. para ayudar a otros actores a encontrar su voz.

 

Después el lenguaje institucional en francés, en inglés y en español de las subvenciones, de las propuestas, de los discursos, hizo que mi prosa fuera la defensa de alguna causa que creía necesaria y justa, todas relacionadas con la profesión del actor, con el teatro, con el cine. De ahí, salió la primera versión del Código de ética. Y con Scott Cleverdon, el hombre que me acompaña en mi vida, quien me enseña cómo pensar y escribir mejor, hemos publicado cientos de artículos en blogs, conferencias, sobre cine y liderazgo y todo aquello que necesitamos contar. Con él comparto cada día en directo, lo que aprendo de otros.

 

Un encuentro con un cura atípico, valió otro libro de diálogo y escucha, honrado y sincero, que escribimos a seis manos. Entre la espada y la pared, que publicó la Editorial San Pablo en plena pandemia. 

 

Y hoy, tras la pandemia mundial, con Scott, mi fuente inagotable de inspiración y mejora, y para Fermín, productor y actor de teatro al que admiro y quiero, escribimos a cuatro manos y con mucho amor, para los actores de la Familia de cine, durante dos años, una obra de teatro, volviendo a la razón primera por la que hago lo que hago. El teatro. Y escribí. Minerva. La Diosa romana de la sabiduría y de la defensa justiciera. Justo cuando nos encontramos en un periodo ignorante donde todavía un solo hombre se atreve a ser protagonista de una guerra.